LOS INMIGRANTES QUERIDOS (POR ROBERTO ROMANI)

El 4 de septiembre de 1812, un decreto del Triunvirato abría las fronteras de la patria a todos los extranjeros, brindándole protección y garantías para fijar la residencia en el territorio.
Posteriormente, Nicolás Avellaneda estableció a partir de 1876 un importante estímulo a todos los hombres y mujeres del mundo que quisieran habitar suelo argentino.
La Provincia de Entre Ríos fue el escenario elegido por miles de peregrinos que, acosados por la miseria y las guerras, encontraron las cuchillas esperanzadas y la libertad de los cielos fraternos, para iniciar un nuevo tiempo de sueños y realizaciones.
Los que llegaron a nuestra «República de los trinos», inauguraron los surcos con las semillas tempranas. La campaña tuvo el viento del progreso en sus entrañas. Florecieron los veranos en las espigas doradas. Y fueron miles de voces que cantaron el himno de la nueva patria.
Por eso, cuando apagaron para siempre sus miradas, los inmigrantes queridos nos regalaron el alma. El corazón lo dejaron para la forma del mapa, y las manos fueron palomas para acariciar el alba. Sus labios, con las tonadas de todas las razas, aprendieron a saludar las mañanas junto a los ríos nombradores.
Después, expandieron la brisa montielera por todos los rincones de la humanidad descalza.
Hablaron de la paz recuperada. Y sembraron el profundo amor a la Argentina en el pecho de sus hijos, herederos del pulso aguerrido, que hoy tienen memoria celeste y blanca.
ROBERTO ROMANI

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